“William Gaddis: el demonio del desorden” en Mundo Crítico

“Sus reflexiones son largos poemas en prosa anotados para el oído. Reflexionan sobre cómo nos dejamos manipular por el sonido de las palabras. Ni su actitud vagabunda a la estructura de un ensayo clásico ni su afán por detallar los límites y ambiciones del lenguaje ordinario sorprenderá a los lectores de las novelas del norteamericano: “cuanto más humanamente (…) tratemos de captar la realidad (…) más vigoroso es el esfuerzo del Estado para huir de la realidad por medio de ficciones” (“¿Cómo imagina el Estado?”). Esta selección de escritos lúdicos, siempre rebeldes, surge de una ventriloquía de corte faulkneriano y cariz especulativo, donde se persigue al “demonio (…) del desorden” (“Homenaje a Dostoievski”).”

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“A pesar una primera lectura desconcertante, es el brío rítmico del fraseo lo que nos invita a seguir leyendo La carrera por el segundo lugar (2002; Sexto Piso, 2017. Introducción y notas de Joseph Tabbi), recopilación de ensayos y textos de ocasión donde la prosa de Gaddis, en traducción de Mariano Peyrou, se deshace en lúdicas, impares y largas letanías donde, democrática, la nivelación de elementos dispares conduce a un solo plano o estrato, que lacónicamente denuncia su vinculación con el tema ausente: “Ha pasado justo la mitad del siglo que pedía Lord Keynes, y todo, en cierto modo, es una historia de éxito estadounidense” (“La carrera…”).”

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Agradecido al periodista y escritor Alberto Gómez, que publica mi reseña en su magazine digital Mundo Crítico, pensamiento independiente en la red. Para leerla al completo, seguir el siguiente enlace:

http://mundocritico.es/2017/07/william-gaddis-el-demonio-del-desorden/

Portada La carrera_ALTA

William Gaddis: la maldición de la inteligencia

“– ¿El arte actual? – Los dientes desiguales mostraron una sonrisa burlona a través del humo –. El arte actual se escribe con f  [Art, “arte”, fart, “pedo”]”.

En la novela Los reconocimientos (Sexto Piso, 2014), el pintor Wyatt Gwyon se dedica a firmar obras de maestros como El Bosco, Hugo van der Goes y Hans Memling. Para ser más exactos, Wyatt crea nuevas pinturas que reproducen a la perfección no sólo el estilo de los viejos maestros, sino también su espíritu. Tras envejecer a conciencia las imágenes, añade la firma del artista en cuestión. Desde ese momento, la pintura ya no es un original de Wyatt, sino un “nuevo” original de un genio muerto hace tiempo. El lector en castellano tiene oportunidad de descubrir esta novela gracias a la traducción de Juan Antonio Santos Ramírez y Mariano Peyrou.

Mi reseña en  El Cuaderno, revista mensual de cultura, a cargo del escritor y crítico Jaime Priede. Con Sara Vicedo, Raquel Vicedo y David M. Copé.

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